Se trabaja para el presente y para el futuro. El hombre que murió ayer ya no ve el cuadro de hoy, y mucho menos leerá el libro de mañana. Afortunadamente, nuestra mente se niega a aceptar que trabajamos para la nada. Hay unos duros versos de Yeats...

"...Oí decir a los muy, muy viejos:
Todo lo bello se pierde algún día
Como las aguas pasajeras."

En el siglo VIII, en China durante la dinastía Tang, el poeta, bebedor y espadachín, Li Bai desplegó en versos un sentimiento mellizo:


"Tanto los hombres del pasado como los de hoy
viene y se van como las aguas de un río,
y todos contemplan la misma luna."

Tuve un abuelo que no conocí, se llamó Pepe Parra. Vendió chucherías en Puertatierra, más tarde marisco, pateándose las calles con su canasto de mimbre. Mi madre tenía siete años cuando su padre murió. Ella siempre ha dicho que tenía pasión por él, imagino que la misma que yo siento por ella y por mi padre. Mi madre tuvo un hermano a quién no conocí: Juan Parra. Un enterao, que tenía un bar, se rodeó de una cuadrilla de muchachos tan jóvenes que no habían tenido tiempo de conocer nada y mucho menos de conocerse. Sin embargo, conocían y repetían, como loros, palabras raras como marxismo, fascismo y otros ismos que les ponían la sangre en ebullición, en una edad en que sólo el amor debería tener licencia para hacerlo. Un día siniestro, dos hombres siniestros lo sacaron del retrete a punta de pistola; después, de un penal a otro y, finalmente, el silencio irresoluto, que es mucho peor que el mazazo en la sangre.

A otros familiares que ya no viven sí los conocí. Buceamos juntos algún trecho de este áspero océano de tiempo y barro y barro que es la vida. Paca Alfonsín, mi abuela materna, era tierna y fortísima; vencedora de infortunios, fue derrotada por la desmemoria. Mis abuelos paternos, Lola García y Pepe Gil, murieron octogenarios y enamorados. Tuve la gran dicha de conocer y retratar a los tres. Para mí, como para cualquier chaval, mis abuelos eran los catedráticos, los generales y los presidentes de la familia, y hasta de Cádiz y del mundo, si cabe.

También conocí a mis tíos Manolo y María Parra. Vehemente él, glamurosa ella. Él sacó, un día, una silla de tijeras de El Español en las espaldas, bajo la chaqueta, y se la regaló a su madre con más romanticismo que si hubiese sido un ramo de rosas. Ella, rubia platino en los setenta, era inseparable de su winston en boquilla dorada, que se consumía eternamente en la flama de sus labios rojísimos. Conducía, mejor que un hombre, un flamante erredoce plateado que me parecía más pomposo que un cadillac. Mi tata Mari era el cine en la vida; si mi madre me parecía una attrice italiana, ella era la blonde americana de pechera gloriosa. También vivió y fue mi primo un día, y nunca dejará de serlo en mi memoria, José Parra. Joselito fue un habilidoso futbolista adolescente, un joven legionario en Las Afortunadas y un desafortunado aprendiz de hombre -en esto último somos gemelos más que primos-. Recuerdo con alegría haber cogido juntos coquinas en El Chato, que luego vendíamos en los bares - menos de dos talegos ni hablar- decía siempre; juntos echamos muchos partidos de futbito en La Bolera y en la arena mojada de La Victoria. Un día que nos pusimos contentos de cerveza, con los dos talegos de la ocasión, cantamos bajo la luna del paseo hasta quedar afónicos; "Un cubano vino a Cai...un día de Carnavá, tralará..." Él si que parecía un cubanito, moreno y guapo. Con veintipocos, se le durmió un día el Ángel de la Guarda en las escaleras frente al Carranza, y aquel día no fue precisamente carnaval para nosotros.

Las últimas en irse de nuestro lado -casi las últimas-, fueron mis primas Mariché y Mariló Álvarez. De la primera me enamoré en la adolescencia: de sus ojos de mora; de su talle de favorita, siempre estrangulado por un cinturón de hebilla generosa, que mis manos envidiaban; de su deaniana rebeldía...Y llegué a maldecir que fuera mi prima. A la segunda, la recordaré siempre matutina y distraída alumna de clases particulares de estío, menudita, casi pendulante dentro de su batita rosa, cual frágil badajo en campanilla, con los ojitos recién levantados, y entre ella y yo, un potaje de raíces cuadradas que no fui capaz de hacerle tragar.

Rosa acababa de concebir en sus entrañas a Dieguito Manuel cuando murió su padre, Manuel Losa. Fue en honor a él y a mi padre, Diego Gil, que nombramos al pequeño. Intuyó su nacimiento: habló de un niño que tendríamos algún día. Rosa supo que estaba embarazada dos o tres días después de haberse marchado.

Todos volaron al reino de la belleza sin fin, aquel que yace detrás de la enfermedad vejatoria, y más allá del asfalto que destroza la vida.

Vosotros, queridos muertos míos, muertos nuestros, necesitáis estas imágenes y estas palabras tan poco como los vivos. Es cierto que las hice por amor, y por mandato. Me usaron las manos; noté que se me iban solas, que eran de algún otro. Me usaron el alma para hacerlas, pero son tan imperfectas estas imágenes al lado de nuestros ojos... Compartámoslas, de todas formas, si gustáis, mis amigos, mi hermano, mis padres, mi mujer y mi hijito, mientras estemos juntos.