Acta de fe
Diego Gadir
Este compacto cuerpo que arrastro, y gruñe
como pesada caja friccionada
sobre un suelo rocoso, sangra por sus tablas,
siente cómo se abren heridas en sus fibras.
La caja es arrastrada, cargada, suspendida...
La caja con su carne deshecha hace flexiones
para devolver a sus tablones la entereza,
la forma compacta, la firme tesitura.
La caja es exaltada por la máquina;
la caja surca el cielo, vuela
por encima de edificios, lomas, mares...
Surca la tormenta.
Las tablas de su carne sienten miedo, pavor...
Se desvencijan.
La caja se dilata, se congestiona: es una fiera.
La caja bosteza: es un león.
Es una serpiente, repta, digiere, se duerme
sobre el sillón acolchado de la máquina.
En duermevela, sueña y vuela.
Da una cabezada profunda, un hilo de saliva
del cajón, por su boca abierta, fluye.
Mana podredumbre: una lágrima se filtra
por la grieta prieta de sus ojos soñolientos.
Involuntariamente, erupta; se excusa de inmediato:
¡perdón! Voy al baño.
La caja evacúa su carga corrupta, pestilente.
Pero la máquina cae, se estrella.
En la caja, dentro, no hay nada; otras lo comprueban.
Ninguna contenía nada. Se hubiera podido pensar
que llevaban quesos curados, estrellas, manzanilla...
Sólo se ve un gas ascendente ¡Qué digo gas!
Mucho más liviano; un humor tierno, desleído: la fe,
que asciende, se mezcla, se unifica.
Trasciende una fumaradita lenta, blanca, inconsistente;
un incienso, que sube, que perdura, que se huele desde lejos.
De algunas cajas no sale nada, de muy pocas,
anota el forense.
Sevilla, 1998