Poema del hombre
Diego Gadir
El hombre, con su estatura, peso y equilibrio,
dominador asaz dominado,
va planchando en la percha de su cuerpo,
animado por el flujo de su alma.
Porta mochilón curtido en las espaldas,
cargado de cosas que tuvo y retuvo;
se toca las escápulas con las puntas de sus dedos,
abriendo las hebillas de su pasado.
Y consigue palpar las cosas retenidas: un beso,
una canción, un billete de banco...
Un libro, una erección, el llanto de su hijo...
Se palpa las cornisas de los hombros,
donde algunos hombres han soportado el peso
de su calvario, y otros las lágrimas de sus padres,
y otros las blancas palomas de la esperanza,
y encuentra en ellas, también posada,
la mirada inmensa, la mirada inabarcable;
la que taladra la pared blindada de nuestro cráneo,
y se sienta en el balcón de nuestras clavículas,
caldeándonos el pecho con su haz calorífico,
confortándonos la sangre con su fulgor de estrella absoluta.
El hombre, soñador asaz soñado,
con su fe, con su emoción, con su escritura, constructor de
cosas muertas: barcos...
Puentes, fuentes, presas...
Que salvan la saliva del Gran Ingeniero,
¡Copia! ¡Copia! ¡Copia!
Torpe artífice altanero,
prepotente patentador de símbolos
que no logra crear una sola lágrima.
El hombre, con sus brazos, por muy musculados,
queriendo hacer a su hijo una carpa de acero,
sabe que sólo el cielo es irrompible.