CUATRO LATITUDES DE TU CUERPO
Diego Gadir
Tus labios Tus labios, ¿son lóbulos de vino dulce? ¿O dos lagrimazos de deseo que tu mentón retuvo? ¿O dos ampollas que la belleza te levantó con su hierro al marcarte? Tus labios, una herida siempre viva
supurando el flujo leve de tu alma.
Sangre fruncida, sexual pellizco que la vida
imprimió en el barro de tu carne. Yo, por ellos, no logro del todo desnudarme; siempre me queda esa malla trenzada con las huellas de tus besos. Tus pechos Yo estaba tumbado en la cuerda de mi sueño, bajo dos esféricas palmeras de nieve, de sol o de arena, pero eran palmas, eso sí. Yo estaba recostado sobre el sueño ingrávido y las palmeras proyectaban su sombra flexible sobre mi rostro y mi sonrisa, intermitente, floja, estúpida, como la de todo durmiente. Y la brisa, entre mi rostro y tus palmas, corría, haciendo la sombra más jugosa, y mucho más tierno, en el sueño, mi descanso. Eran palmas, eso sí, lo que sombreaba mi rostro; en verdad eran tus pechos, con sus dátiles rojos destilando azúcar en mi boca, caían las gotas, caían filtrando almíbar entre mis dientes, empalagándome el paladar, endulzándome el alma. ¡Para mí que eran palmeras tus pechos firmes! Tus caderas Es posible tener caderas de ángel. Tanto como forjar una armadura de deseo, o de besos erguir una muralla que contenga la conmoción de mares que hacen de tu cuerpo una espesura de líquidas esferas rotatorias. Azules ojos, de ángeles son aceptados, y tiernos labios, y rubia cabellera enardecida. Pero caderas... Ya convulsa y recia y lacerante roca encendida y fundidora de manos ebrias de acechanza, ya nube azul de gaza tierna, que el brazo del viento rodea y atesora. Caderas de ángel o caderas de salvaje criatura desplegable en sábanas de yerba. Ambas, de Alguien, a imagen y semejanza; Alguien tan sexy como la piel de arena, al viento por su verga erotizada. Mas es posible, de ángel, tener caderas. Tus piés Tus piés son, mi amor, racimos tiernos que a mis labios gustarían. Estoy seguro: la piel de polvo blancuzco, la piel que los maquilla, no me amargaría la garganta. Sería un gozo reventar tus frutos bajo las mazas de mi dentadura. Sobre la yerba fresca, con las uvas de tus dedos haría un banquete, íntimo y silente; su pulpa rumiaría pulcramente, agotando el néctar de su sangre. Tus piés, mi amor, que se arrastran a tus piernas como sirvientes en un club de ricos miembros, no lucen el labrado retablillo que adorna tu vientre, ni rutilan cual tus muslos de mineral pulido. Cumplen condena en sus celdas coriáceas; de opresión y golpes malviven. Más tú los adornas, a menudo, con falsas flores en ágiles sandalias engastadas. De tus piernas cruzadas, en la hamaca, cuelgan como arracimadas frutas, destilando un bálsamo que mi deseo arrebata. Yo por ellos, sería canibal de ternura.